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martes, 23 de noviembre de 2010

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El hombre que no regresó del ayer
Desde el principio, en cuanto supo las intenciones del otro en aquellos ojos impregnados de furia y determinación… no, no lo sabía.

En realidad jamás lo había venido venir. Ni siquiera pudo predecir la continuación de los hechos cuando en el forcejeo perdió la noción de su ubicación. Sentía frío, mucho frío. Le calaba por los huesos, dentro de sus músculos; los cuales empezaron a agarrotársele, quería encontrar la palabra en la punta de su lengua.

Sus dientes crujieron en miedo, vio alejarse el punto brillante de salvación. No hacían falta lágrimas, la tormenta se las llevaba todo con ellas, no servían de nada. Absolutamente.

El otro surcaba una sonrisa maldita. No lo maldijo aún cuando la falta de oxígeno y las fuerzas para desaparecer de aquella quimera de situación. Simplemente, se dejo llevar.

La mañana amaneció dificultosa, en parte porque la noche anterior se había llevado el ánimo de fiesta que aún quería descansar. Dentro del barco, sin embargo; la actividad debía de hacerlo, así fuera por las malas.

Sin embargo se preocuparon cuando uno de los suyos no aparecía por ningún lado. El compañero del aparente desaparecido dijo inocentemente que tal vez se había quedado dormido, ebrio. Buscaron, se encontraron con una cama perfectamente ordenada.

Uno escondido en una esquina fingía una hipócrita inquietud. — ¿Seguros que no se escapó?
Sí, sí, pensó, al final todo se había resuelto y había eliminado al intruso.



Basado en hechos reales

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